libros

libros

jueves, 9 de marzo de 2017

MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA











Miguel Hidalgo y Costilla

El héroe     El hombre

Doña Josefa Ortiz de Domínguez hizo un recado en un papel cualquiera, con palabras recortadas de periódicos y prendidas con hilo de su costurero, esto se leía:
“Padre Hidalgo, la conspiración ha sido descubierta, no podemos esperar al  1 de  Octubre, ni un día más para iniciar la lucha por nuestra libertad. Qué Dios nos ayude y nos bendiga”
                             Querétaro a 13 de septiembre de 1810.
Luego con el tacón de su zapato golpeó fuerte piso y puerta de la habitación donde estaba encerrada  por orden de su esposo Miguel Domínguez quien era  el Corregidor de la ciudad, es decir, la máxima autoridad política en la estratégica Plaza de Santiago de Querétaro. La encerró para que no diera aviso a sus cómplices y estos a su vez no avisaran al Cura Hidalgo.
Un mozo de la casona oyó el golpeo, llegó hasta la puerta, y por debajo la señora le dio el recado, además  una llave infalible en cualquier época: una taleguilla con monedas de oro y las instrucciones  para entregarlo al alcalde Ignacio Pérez, también conspirador para que hiciera llegar el aviso al cura Hidalgo en la parroquia del pueblo de Dolores, Guanajuato.
El Corregidor estaba al tanto de las actividades subversivas de su mujer, por eso se vio obligado a encerrarla para evitar que avisara a sus correligionarios., había sido obligado por las autoridades de la Corona Española a hacer cateos en las casas de los miembros de un grupo literario que encabezaba su propia esposa y que no eran sino la careta de los conspiradores para reunirse .Se buscaban armas y a personas para encarcelarlos  por ser contrarios y traidores al Rey de España Fernando VII, entre ellos al capitán Ignacio Allende por dos felonías de mucho peso: traicionar al rey apoyando a los conspiradores y traicionarlo a él siendo amante de su señora esposa doña Josefa. El capitán Allende por cierto, ya se había escapado rumbo a Dolores con otros militares de alto rango.

Es la madrugada del dieciséis de septiembre de mil ochocientos diez, en el curato de la iglesia del Pueblo de Dolores, Guanajuato se hallan reunidos el párroco  Miguel Hidalgo y Costilla, y los militares Ignacio Allende, Juan Aldama y José Mariano Jiménez, hace frío , están de pie alrededor de una mesa ,revisan papeles, algunos croquis, una religiosa de la casa cural se acerca y les sirve sendas tazas de humeante y oloroso chocolate, un joven indígena con presteza les arrima sillas , se sientan  , siguen revisando papeles.
--No hay tiempo que perder padre Hidalgo—hoy mismo debemos comenzar la lucha, antes de que los españoles nos ganen la delantera — dijo Allende.
--Tienes razón capitán Allende, actuaremos de inmediato -- contestó Hidalgo. Mirando a Aldama y a Mariano Jiménez les preguntó:¿Qué opinan ustedes señores?
--Estamos de acuerdo señor cura— respondió Jiménez.
-¡A las armas! -contestó Aldama alzando el puño amenazante.
Se levantaron todos, se estrecharon las manos, se dieron un fuerte abrazo. Las religiosas, mozos y personal de servicio, entre ellos José Galván, campanero de la parroquia, se situaron frente al padre Hidalgo para recibir su bendición y darles palabras de aliento al cura y a los militares.
Al pasar del curato hacia el templo vieron de reojo el antiguo reloj de caja sobre la pared, un rato antes había sonado dando la campanada de la  una y media de la madrugada y su sistema de cadenas y contrapesos, con característico sonido metálico seguía avanzando, estando próximo ya a las dos de la mañana de aquel  dieciséis de septiembre.
El cura dijo en ese momento al campanero:
--Sube al campanario José y suena fuerte la campana mayor para llamar al pueblo, la hora de la libertad ha llegado.
---Subo corriendo señor cura ---respondió el hombre y qué Dios nos cuide a todos. Luego  se oyeron sus pasos a toda prisa rumbo a la torre de la iglesia.

Fueron todos caminando por el interior del templo que se hallaba en penumbras, se escuchaba ya un griterío en la parte frontal, se alcanzaban a oír consignas e insultos contra los españoles que vivían en el pueblo, gente rica que ahora se escondía ante la revuelta.

En el atrio y la plazoleta frente a la parroquia, un gentío esperaba los repiques para la misa patronal, se abrió la hoja izquierda de la puerta  principal del templo, salió el padre, mientras la campana mayor del templo,  llamado esquilón de San José, era sacudida con fuerza por José Galván y  tocaba a rebato, El cura levantó las manos extendidas, con las palmas hacia el frente, moviéndolas con energía pidió silencio; acallada la multitud, con voz fuerte y clara dijo:
“Mis amigos y compatriotas: no existe ya para nosotros ni el rey ni los tributos. Esta gabela vergonzosa, que sólo conviene a los esclavos, la hemos sobrellevado hace tres siglos como signo de la tiranía y servidumbre; terrible mancha que sabremos lavar con nuestros esfuerzos. Llegó el momento de nuestra emancipación; ha sonado la hora de nuestra libertad; y si conocéis su gran valor, me ayudareis a defenderla de la garra ambiciosa de los tiranos. Pocas horas me faltan para que me veáis marchar a la cabeza de los hombres que se precian de ser libres, os invito a cumplir con este deber. De suerte que sin patria ni libertad estaremos siempre a mucha distancia de la verdadera felicidad. Preciso ha sido dar el paso que ya sabéis, y comenzar por algo ha sido necesario. La causa es santa y Dios la protegerá. Los negocios se atropellan y no tendré, por lo mismo, la satisfacción de hablar más tiempo ante vosotros. ¡Viva, pues, la Virgen de Guadalupe! ¡Viva la América, por la cual vamos a combatir!”


Cincuenta y siete años antes, el ocho de mayo  de mil setecientos cincuenta y tres, en la Hacienda de Corralejo del Municipio de Pénjamo, del Estado de Guanajuato había nacido el prócer Miguel Hidalgo y Costilla, hijo de don Cristóbal Hidalgo y Costilla y de doña Ana María Gallaga, españoles, cónyuges, vecinos de Corralejo. El niño fue bautizado en la capilla de Cuitzeo de los Naranjos (hoy Abasolo) a los diez y seis días del mismo mes  mayo , por el Bachiller don Agustín de Salazar, teniente de cura quien puso los óleos y por nombre Miguel, Gregorio, Antonio, Ignacio, a un infante de ocho días de nacido
Tuvo diez hermanos , de ellos cuatro de padre y madre, entre ellos José Joaquín, también clérigo que incluso estuvo en Dolores antes que Miguel, Mariano , otro de sus hermanos murió siendo niño. Muere su madre Ana María en  mil setecientos sesenta y dos cuando Miguel tenía nueve años.
         Unos meses después de quedar viudo, Cristóbal tuvo con Rita Toribia Peredo un hijo al que llamaron Mariano, como el vástago extinto y quien sería el tesorero del ejército insurgente, otro mártir de la libertad, partidario fiel de su célebre medio hermano.
En mil setecientos setenta y cinco don Cristóbal contrae matrimonio con Gerónima Ramos   con quien procrea cuatro hijas y un varón quienes con el tiempo llevaron a recibir el cariño y aun la protección económica del cura.

La niñez de Miguel Hidalgo se desenvuelve hasta los doce años en el medio rural, en la misma hacienda de Corralejo, sus compañeros de juegos sus propios hermanos, por compatibilidad de edad, era con José Joaquín con quien más competían desde cazar mariposas, conejos, pájaros tirándoles piedrecillas con resortera o cerbatanas, nadar y zambullirse en las aguas del río Turbio, montar a los borregos y becerritos.
Fueron creciendo, aprendieron a montar caballos, toretes, ordeñar vacas y cabras, como hijos del administrador  disponían de más libertad para ocupar los animales en sus juegos.
Montados a caballo, era frecuente verlos  jineteando o jugando  carreras
--Joaquín –le gritaba Miguel a su hermano—A qué no me alcanzas con tu potranca de aquí a la puerta del corral.
--No seas tramposo Miguel —contestaba Joaquín, azuzando a gritos su bestia— Agarraste mucha ventaja pero ya te voy alcanzando.
O de igual manera, ordeñaban las vacas cerca uno del otro y Joaquín apretaba la chiche de la vaca con fuerza hacia donde estaba Miguel y lo bañaba con el chorro de leche.
Miguel,  riéndose porque no se podía desquitar pues Joaquín ya estaba lejos, hacía rápido una bola de majada y lo correteaba por el corral para tirársela por la cabeza si podía,
Así fueron creciendo, aprendieron de su padre a leer y escribir, aritmética. De su madre el catecismo, enseñanzas que por supuesto los hijos de los peones no recibían.
Rodeado de una numerosa familia fue creciendo. Un golpe terrible para todos fue la muerte de Ana María su madre cuando él tenía nueve años. A los doce salió, junto con su hermano José Joaquín hacia Valladolid para asistir formalmente al colegio. La vida de ambos cambió radicalmente al salir del tronco familiar.


Miguel Hidalgo fue un estudiante excepcional  A los  doce años se trasladó a la ciudad mexicana de Valladolid (actual Morelia), donde realizó sus estudios en el Colegio de San Nicolás; marchó luego a la Ciudad de México para cursar estudios superiores. En  mil setecientos setenta y tres  se graduó como bachiller en filosofía y teología, y obtuvo por oposición una cátedra en el mismo Colegio de San Nicolás.
Durante los años siguientes realizó una brillante carrera académica que culminaría en mil setecientos noventa, cuando fue nombrado rector del Colegio de San Nicolás. En aquella misma institución tendría como alumno al joven: José María Morelos y Pavón, un discípulo ejemplar que lo sucedería en muchos aspectos, especialmente en  la epopeya de liberar a los indígenas de la secular y despótica opresión de los colonizadores españoles.
En mil setecientos setenta y ocho había sido ordenado sacerdote; tras recibir las órdenes sagradas, el cura Hidalgo ejerció en varias parroquias: Colima, San Felipe Torres Mochas y Dolores. Ya entonces hablaba seis lenguas: español, francés, italiano, tarasco, otomí y náhuatl. Las lenguas indígenas mucho le valieron para comunicarse  de manera directa con los indígenas de la región. Su biblioteca crecía con las obras de autores franceses que  leía con avidez, aunque en ese entonces  eran considerados contrarios a la religión y a la corona española. Llegando  a ser denunciado a la Inquisición.



Miguel Hidalgo y Costilla fue ante todo un hombre de carne y hueso, un hombre muy divertido, amante del teatro, culto, sensible a los problemas sociales, brillante, pero también un ser humano con conflictos, internos, depresiones.   Sabemos de los gustos del cura Hidalgo por la jugada, la buena mesa y el vino.


Miguel Hidalgo no era un sacerdote ortodoxo, tuvo más de una amante y por lo menos cinco hijos, pero pocos saben que también permitió que se cometieran y él mismo cometió  crímenes atroces; que disfrutaba matar con saña a sus enemigos; que se enemistó con sus aliados y no la imagen del viejito  bonachón que nos ha vendido la historia oficial.
La primera relación se dio en Valladolid con  Manuela Ramos Pichardo entre mil setecientos ochenta a mil setecientos noventa cuando el cura Hidalgo daba clases en el Colegio de San Nicolás y que, en buena medida fue uno de los tantos factores que influyeron para su destitución en ese encargo. De esa unión nacieron los primeros hijos de don Miguel Hidalgo: Lino Mariano, quien participó en la guerra de independencia con el grado de coronel y Agustina Hidalgo y Ramos Pichardo.

Durante su estancia en  San Felipe Torres Mochas de mil setecientos noventa y dos a mil ochocientos tres el cura Hidalgo conoció y mantuvo relaciones con Josefa Quintana Castañón la que fuera, por así decirlo, su segunda esposa. Con ella tiene dos hijas: Micaela y María. Pero hubo una relación más, esta se dio en Guanajuato, con Bibiana Lucero, de ella nace otro hijo varón al que nombró Joaquín, su nacimiento fue en  mil setecientos ochenta y ocho. Resumiendo, cinco fueron los hijos de don Miguel Hidalgo y Costilla: Lino, Agustina, Joaquín, Micaela y María.

Lo cierto es que Hidalgo era un hombre acaudalado que, como muchos, se vio afectado por las ambiciones de la corona española que, con impuestos absurdos los despojaba de sus riquezas. Quizá esta fue una de las principales razones por las que  el sacerdote se unió a la causa insurgente, para emancipar a México de España.

Hidalgo nunca buscó la conspiración, nunca buscó la lucha insurgente, sino que fue la conspiración quien lo buscó y fueron por él, porque era un personaje querido por todos los estratos sociales. Pensaron que podría traer a la causa a los hombres ricos, poderosos de la Nueva España que podían dar dinero y ejércitos que habían formado en sus haciendas.
Como se sabe Hidalgo mantenía estrechos nexos de amistad y negocios tanto con ricos comerciantes y hacendados criollos como con ricos terratenientes españoles, lo mismo con altos círculos de europeos en el poder como el mismo Juan Antonio Riaño, Intendente de Guanajuato, gran amistad con don Miguel Domínguez, Corregidor de Querétaro y con personajes del alto clero. Puede decirse que Miguel Hidalgo no fue a la conspiración , sino que los poseedores de grandes fortunas, temerosos a los insaciables impuestos y prebendas exigidos por la corona , so pena de que sí no pagaban , se los arrebatarían sin miramientos , le llevaron a Hidalgo en charola de plata la conspiración hasta su parroquia en Dolores aquel dieciséis de septiembre de mil ochocientos diez , pues siendo el cura un hombre querido y respetado por la gente humilde sería capaz de encender la chispa libertaria, tal como ocurrió.

A la muerte de su hermano Joaquín en mil ochocientos tres, Miguel Hidalgo lo sustituyó como cura de la población de Dolores, en el estado de Guanajuato.  Procedía de San Felipe Torres Mochas, municipio vecino donde el cura permaneció por espacio de once años, habiendo llegado ahí el veintitrés de enero de mil setecientos noventa y dos.
Fue ahí en Dolores, donde, además de ejercer generosamente su tarea eclesiástica, emprendió tareas de gran reformador y de prócer ilustrado, llevando a la práctica sus ideas libertarias entre  los feligreses, en su mayoría indígenas.
En un intento de mejorar sus condiciones de vida, el cura se ocupó de ampliar el cultivo de viñas, plantar moreras para la cría de gusanos de seda y de fomentar la apicultura. Promovió la construcción de hornos y talleres de alfarerías, muy numerosas en la actualidad y famosas  por la belleza y calidad de los diseños creados por los artesanos, en su mayoría mujeres .actividades que igual había impulsado en su anterior parroquia de San Felipe.
Y es aquí, en Dolores, donde el cura Hidalgo gesta y da inicio, con el apoyo de muchos otros próceres y heroínas a la lucha libertaria que había de desatar las amarras del yugo español que se nos había sido impuesto por trescientos años.
Durante esta guerra sin tregua contra la corona española miles, cientos de miles de hombres y mujeres indígenas y criollos hubieron de ofrendar sus vidas para lograr la ansiada libertad. En cada batalla , mucha sangre fue derramada por los insurgentes mexicanos; es cierto que hubo abusos, saqueos, desmanes, masacres inclusive de españoles en las plazas, pueblos y ciudades vencidos. En la guerra, por desgracia las leyes no escritas y las condiciones justificadas o no, las imponen desde siempre los vencedores.


Luego del Grito de Independencia al amanecer del dieciséis de septiembre de mil ochocientos diez, las desordenadas, pero cada vez más numerosas fuerzas insurgentes empezaron a avanzar con la finalidad de tomar el bastión principal de los españoles que era la ciudad de Guanajuato.
Llegaron al mediodía a la hacienda “La Erre”, eran unos quinientos hombres, ahí se unieron un grupo de San Felipe Torres Mochas, conocidos y amigos del cura Hidalgo que llevaban armas y dinero para la causa.
--Señor cura Hidalgo, aquí estamos los de San Felipe pa lo que usté mande.
--Gracias Juan Maldonado —le contesto el cura—Yo sé que ustedes son de ley, pónganse a las órdenes del capitán Jiménez.
En ese momento se acercó el administrador de la finca Atilano Martínez, saludó al grupo de militares y al cura le dijo:
--Padre Miguel, con todo respeto digo a usted que  hay comida para todos, ya está lista la barbacoa.
--Se te agradece Atilano—le dijo el sacerdote y continuó—ya veo que en la noria se están acomodando los muchachos.
--Así es señor, usted y los capitanes pasen al corredor de la casa, ahí están las mesas– y siguió diciendo el hombre señalando una arboleda —O si gustan allí debajo de la nogalera  hay buena sombra.
A media tarde de ese día dieciséis, Hidalgo y sus huestes llegaron al pueblo de Atotonilco, allí se les unió más gente .Fueron recibidos por el capellán Remigio González y de cuyo templo Hidalgo tomó una imagen de la virgen de Guadalupe, misma que convirtió en bandera de su movimiento.
         Al anochecer, los insurgentes cada vez con más simpatizantes se situaron en las afueras de San Miguel en espera de la reacción que asumiría esta villa. En  el pueblo sabían de la insurrección desde temprana hora, provocando la agitación de la plebe y la angustia de los españoles, quienes permanecían armados y guarnecidos en las Casas Reales; pues temían que Hidalgo los tomara presos, como había hecho con los gachupines de Dolores.

        La defensa de San Miguel dependía del Regimiento de la Reina por ser un cuerpo de caballería bien armado y disciplinado. Sin embargo, la indecisión de su jefe, Narciso María Loreto de la Canal, terminó favoreciendo a los sublevados gracias a la influencia que Allende tenía entre sus compañeros del propio regimiento.

Sin oposición, se tomó San Miguel, se nombraron nuevas autoridades, tomaron armas y dineros, nuevos partidarios se unieron a ellos. Durante dos días y en total desorden los insurrectos saquearon casas, comercios, escandalizaron y de esa manera atemorizaron a la población. La noche del dieciocho Hidalgo y los jefes militares decidieron avanzar hacia Celaya en la madrugada del día diecinueve.

Se movilizaron las fuerzas según lo previsto, ya en camino, en San Juan de la Vega, tomaron sus alimentos, y desde la hacienda de Santa Rita se solicitó al Ayuntamiento de Celaya su rendición, para ese día se tenían a unos cuatro mil hombres .Las noticias que llegaban a Celaya dividieron a la población, los pobres, los esclavos se preparaban para cobrarse las injusticias y agravios que durante tres siglos  habían sufrido por parte los europeos. Estos por su parte ocultaban sus caudales, se armaban, las autoridades españolas pidieron apoyo militar a Querétaro y Guanajuato, refuerzos que nunca llegaron pues igual aquellas dos ciudades se preparaban para recibir un ataque de mayores proporciones. Desesperados los celayenses, encabezados por las autoridades, con la protección de los soldados del Regimiento Provincial, junto con los acaudalados españoles huyeron hacia Querétaro.

Fue así como Miguel Hidalgo y Costilla hicieron su entrada a la inerme  Celaya el  veintiuno  de septiembre por el lado norte de la población, con gran solemnidad, en compañía de Ignacio Allende, Aldama y los demás jefes, llevando en sus manos el estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe que tomó en el Santuario de Atotonilco.

La ostentación de la entrada comprendía además la música del Regimiento de la Reina con cerca de un centenar de dragones. Enseguida avanzaba una columna formada por contingentes del campo a caballo, y masas de indígenas con machetes sin orden alguno.

Hidalgo determinó un alto en el templo de San Antonio, revisó sus tropas, avanzó al centro de la población que lo vitoreaba, hasta llegar  a la plaza mayor, para hospedarse esa noche en un mesón. Pero un incidente desafortunado  provocado por un disparo y la muerte del cochero del prominente comerciante celayense, se interpretó como la señal para que la multitud se dispersara por la población atracando las casas de los españoles Aldama opuesto a semejante manifestación de vandalismo externó su disgusto a Hidalgo, quien  de mala manera le  contestó:
--Teniente Aldama, no sé de otra manera de hacernos de partidarios, pero si usted tiene otras formas de lograrlo, pues adelante. Póngalas en práctica.

Aquella  desquiciada y agitada plebe recogió como botín la fortuna abandonada por los ricos en las tumbas del Convento del Carmen, unos doscientos mil pesos oro. Al día  siguiente se pasó revista a aquella tropa improvisada, concediéndole al cura de Dolores el nombramiento de Capitán General; un error que, con el paso del tiempo, llevaría al fracaso a aquella rebelión.
 
La  batalla por la toma de la Alhóndiga de Granaditas en la ciudad de Guanajuato, capital del Estado de su mismo nombre, bajo el mando de Juan Antonio Riaño Intendente español, se dio el día veintiocho de septiembre de mil ochocientos diez,  cinco días antes, el veintiuno el cura Hidalgo fue proclamado Capitán General y con ese carácter le envió dos misivas al jefe español, avisándole del ataque y exhortándolo  a la rendición, situación que fue rechazada por Riaño, haciendo caso omiso a la amistad que ambos tenían ,amistad  que medianamente habían fortalecido en algunas reuniones en Querétaro . Comieron juntos ocasionalmente con la Corregidora ya que ambos eran del círculo de amistades de doña Josefa. A principios de  septiembre de mil ochocientos diez el cura Hidalgo hizo invitaciones al Intendente Riaño para que lo visitara en Dolores y comer juntos, invitaciones que el militar español no aceptó por sus muchas ocupaciones, sin sospechar siquiera que Hidalgo le quería tender una trampa y apresarlo.
Riaño, militar experimentado no se atrevió al ataque y prefirió defenderse dentro de la alhóndiga, por tanto de manera escueta le respondió a Hidalgo “Me he hecho fuerte en el Castillo de Granaditas; aquí lo espero con sus chusmas”
 
El intendente sabía de la fortaleza de aquella edificación, que el mismo había hecho construir años atrás como granero de la región con un costo de quinientos cincuenta mil pesos oro, un recinto rectangular de setenta metros por lado y veintitrés metros de altura que resguardaban veinte mil metros cuadrados de bodegas y estancias en sus cuatro niveles. Ahí albergó a quinientos soldados de tropa, gente armada, dineros, familias españolas, pertrechos y alimentos para resistir lo más posible. Pese a las advertencias del cabildo municipal  que les pedían que abandonaran el recinto que podía convertirse en una trampa fatal. El teniente Gilberto Manuel, hijo mayor de Riaño había dirigido apresuradamente las fortificaciones exteriores, de quien se dijo fue el de la idea del encierro de la gente. El Intendente estaba persuadido de la inutilidad de la resistencia, pero, por su honor militar, estaba dispuesto  al sacrificio.

         
 


El veintiocho de septiembre de  mil ochocientos diez, hacia las once de la mañana, los insurgentes iniciaron el ataque de Guanajuato con tres columnas: una al mando de Juan Aldama que ingresó por Tepetapa y el Carrizo; una segunda bajo la dirección de Ignacio Allende que penetró por la Calzada de Nuestra Señora y el Pardo hasta ubicarse en el barrio de Gavira, y la tercera, dirigida por Mariano Abasolo y el propio Hidalgo, que arribó por la Calzada del Tecolote. Todos ellos avanzaron hasta rodear la alhóndiga y combatieron fieramente en las trincheras que se habían levantado en las calles aledañas.
En  las primeras escaramuzas de la batalla, defendiendo una trinchera  murió de un tiro en la cabeza el Intendente Juan Antonio Riaño, personaje ilustre recordado sólo por su oposición a la independencia y no como un buen gobernante y su brillante carrera militar en otros países al servicio de la corona española. Su muerte y la de su hijo el teniente Gilberto Manuel provocaron  gran desorden entre los cuatrocientos soldados y otros tantos civiles que defendían la alhóndiga , que bajo el mando del mayor Berzábal lo mismo mostraban banderas blancas que disparaban fusiles y arrojaban granadas sobre  los insurrectos que ya llegaban  a la puerta de la fortificación.

El asedio era incontenible, las fuerzas insurgentes, por oleadas venían de todas partes, los defensores atrincherados en las alturas del fuerte disparaban y mataban por decenas, centenares de hombres deseosos de libertad morían en el fragor de la batalla sin auxilio alguno. La situación parecía no tener salida: desde los cerros llovían balas y piedras que impedían a los realistas ocupar la azotea y desde ahí matar a más indígenas y campesinos que armados de lanzas, aperos de labranza, machetes y cuchillos seguían llegando por millares para estrellarse una y otra vez contra los infranqueables muros.

--Sí al menos tuviéramos un cañón para derribar esa puerta—decía Mariano Abasolo al padre Hidalgo.
--Si logramos tumbar ese portón —respondió el cura— la batalla estaría resuelta capitán.
Cerca de ellos varios hombres los escuchaban a pesar del estruendo y la gritería de los combatientes, tres de aquellos hombres se acercaron, uno les dijo sin titubeos:
--Yo puedo quemar esa puerta si ustedes me da licencia señor cura.
Sorprendidos, Abasolo e Hidalgo vieron al hombre de baja estatura, delgado pero musculoso.
--¿Y cómo lo puedes hacer muchacho, pero que sea pronto? —Preguntó Hidalgo.
--Pos nosotros le ponemos al “Pípila” sobre el lomo aquella piedra plana que esta allá –dijo otro de los hombres señalando un montón de rocas -- y él se va gateando hasta la puerta con leña resinosa y brea y con una antorcha le prende lumbre.
--Pues rápido, traigan la piedra y cuerdas para amarrarla —urgió Abasolo—
¿Cómo te llamas muchacho, de dónde eres?--preguntó Hidalgo al apodado El Pípila  mientras le amarraban la losa en la espalda.
Me llamo Juan José de los Reyes Martínez Amaro señor, soy minero de aquí de Guanajuato.
Poco después, crujía la fuerte madera de mezquite de la puerta de la alhóndiga envuelta en llamas por donde a punta de lanzas, machetes y todo tipo de armas de fuego entraron las huestes insurgentes, verdaderas hordas salvajes que sin misericordia asesinaban y decapitaban a todo ser humano que se les ponía enfrente, sin importarles sí eran niños, mujeres, soldados o indefensos ancianos, torrentes de sangre inundaron pasillos y patios, cabezas humanas rodaban por doquier en aquel recinto que fuera orgullo del Intendente Riaño y de la Corona Española. Los insurgentes arrasaron sin piedad vidas y bienes,        

Con la caída de Granaditas la resistencia terminó, Hidalgo y los suyos tomaron el real de minas más rico de la Nueva España; libraron con éxito su primera batalla y se dieron a conocer en todo el imperio. Desgraciadamente esta repentina fama no sólo se debió a su ideología independentista, sino más bien a la masacre, violaciones ,a la feroz carnicería, al pillaje y la crueldad practicados por la plebe luego del triunfo; excesos tolerados al menos en parte por el caudillo de Dolores.

Después de la toma de Granaditas, se nombraron autoridades locales y provinciales, como Intendente a Francisco Gómez, estableciendo de inmediato una casa de moneda y una fundición de cañones. El Capitán General  Miguel Hidalgo ordenó la marcha del ejército insurgente sobre Valladolid. Si bien el objetivo prioritario era la ciudad de México. Querétaro era paso obligado, pero esta ciudad estaba fuertemente protegida por ello la decisión de virar a Michoacán con el fin de aprovechar la captura del intendente de aquella región, Manuel Merino, por parte de algunos patriotas de Acámbaro comandados por la heroína María Catalina Gómez.

Se aproximaron a Valladolid (Hoy Morelia) el quince de Octubre de mil ochocientos diez  después de  cruzar los fértiles campos que bordean el río Lerma, la muchedumbre rebelde; calculada ya en cuarenta mil personas, se aproximó a la ciudad. Juan Aldama pidió su rendición. Entabladas las negociaciones en Indaparapeo, Valladolid se entregó sin luchar, recibiendo a los insurrectos el día diecisiete en un jubiloso desfile encabezado por Hidalgo y Allende. A su paso, estos caudillos escucharon vivas, cantos, repique de campanas y música
        
El dieciocho Miguel Hidalgo designó a José María Anzorena como intendente y nuevas autoridades locales; se apropió de cuatrocientos siete mil pesos correspondientes a la Catedral, a los caudales del rey y a los particulares, fondos que pasaron a su hermano Mariano Hidalgo, tesorero de la tropa. Se dispone la supresión del pago de tributos para las castas y otorga además la libertad a los esclavos de la comarca. La justificación de esta medida, dictada por primera vez en América, no puede ser más simple: por humanidad y misericordia.
        


La salida de la milicia insurgente ocupó todo el día veinte, pues su número se elevaba ya a ochenta mil personas, contingentes integrados lo mismo por tropas disciplinadas, como los recién admitidos regimientos de infantería provincial pero también por numerosas multitudes tan entusiastas como ignorantes en materia bélica. Grandes caudales que se iban acumulando, animales para la carga y para alimento, víveres y medicamentos.

En Acámbaro, rumbo a la capital del virreinato, se intentó poner orden a aquella multitud organizándola en regimientos, brigadas, divisiones. Mejor salario a los oficiales y tropa,  menos nombramientos y ascensos, todo bajo la supervisión del alto mando y del Capitán General Miguel Hidalgo,  Generalísimo de América.  


        
Con estas fuerzas mediadamente organizadas militarmente se avanzó sin resistencia por Maravatío, Tepetongo, Ixtlahuaca y Toluca, siendo hasta el treinta de octubre cuando se tuvo enfrente al ejército del rey que resguardaba la ciudad de México: mil infantes, cuatrocientos jinetes y dos piezas de artillería al mando del teniente coronel Torcuato Trujillo.

 La batalla se libró en el Monte de las Cruces durante toda la jornada; pese a la enorme desventaja numérica a favor de los insurgentes de cincuenta y tres a uno, los realistas lograron contener los ataques de aquellas masas hasta que perdieron los cañones que cubrían de metralla al enemigo. La  hazaña fue de Mariano Jiménez y de tres mil efectivos que siguiendo las órdenes de Ignacio Allende quitaron a Trujillo su mejor arma, la artillería.         
Fue una victoria pírrica ciertamente por las cuantiosas pérdidas humanas y por el agotamiento de las reservas de municiones, pero tenían ya el paso libre a la inerme ciudad de México, capital de la Nueva España. Habían llegado al  momento que pudo haber sido históricamente el más importante de manera inesperada, ni siquiera soñado por los caudillos. Tuvieron dudas y no asestaron el golpe definitivo que debió prolongarse diez años más hasta el  veintisiete de septiembre de mil ochocientos veintiuno

El treinta y uno de octubre de mil ochocientos diez, Mariano Abasolo y Mariano Jiménez a bordo de un carruaje con bandera blanca y escoltada por decenas de jinetes, fueron por el camino de Cuajimalpa a Chapultepec con el encargo de entregar la intimidación al virrey Francisco Javier Venegas.

“Al terminar esta comunicación me dirijo a la Divina providencia, pidiéndole fervorosamente incline el corazón de vuestra excelencia a la moderación, al buen juicio, para resolver sin pasión, sino sólo consultando a la justicia y al derecho con que esta nación pide su independencia y libertad. Evitando sangre y destrozo, y obtener  dicha y felicidad para la América, son dos extremos, que con inteligencia usted elegirá el mejor”

El virrey recibió y abrió la correspondencia de Hidalgo; pero la regresó sin respuesta y amenazando de muerte a los comisionados en caso de no retirarse de inmediato. Al volver éstos al campamento insurgente se efectuó una urgente  junta de generales para analizar la situación:
Atacar de inmediato la ciudad y terminar ahí mismo con el gobierno virreinal, Gobierno y las altas clases se preparaban ya para huir a Veracruz. Esto desde luego no lo sabían los insurgentes.
En contra,  los detenían  varios factores tales como: la escasez de municiones, la indiferencia del pueblo capitalino ante la cercanía de los insurgentes; actitud contraria a la mostrada en las otras ciudades y el desplazamiento desde Querétaro hacia México de los ejércitos de Félix María Calleja y Manuel Flon.

Y a partir de aquí el desastre, la deserción en masa , la desbandada de miles y miles de hombres que ante la incertidumbre de sus jefes de avanzar y saquear la capital, dieron por hecho que esta batalla había fracasado. Los invadió el desaliento sin conocer detalles  Y el colmo, un encuentro imprevisto con la milicia de Calleja en las inmediaciones de San Jerónimo Aculco causó la desbandada de aquellas tropas bisoñas. Más que batalla lo de Aculco fue una escaramuza que dejó pocos muertos, pero suficientes para desmoralizar a los rebeldes que huyeron en todas direcciones. Tocaron las puertas de la gloria en el Cerro de las Cruces en Cuajimalpa Pero con sus temores y dudas acamparon en Aculco que se les trastocó en infierno. Hidalgo y Allende jamás asumieron la responsabilidad de este error histórico que provocó aquella amarga derrota moral.

 Pese a la desbandada de Aculco que dispersó al ejército insurgente tan rápido como se había reunido, el movimiento no perdió su fortaleza. Las frases de Miguel Hidalgo redactadas en su retorno a Valladolid son el reflejo de aquel momento: “La nación, que tanto tiempo estuvo aletargada, despierta repentinamente de su sueño a la dulce voz de la libertad: corren apresurados los pueblos y toman las armas para sostenerla a toda costa”.
Reordena planes y acciones ,la lucha se iba multiplicando por varias provincias hoy estados de la república del centro y norte ,hacia el sur José María Morelos que fuera su alumno en Valladolid se encargaba de organizar grupos que iban surgiendo, Hidalgo fue delegando comisiones, armas y dineros para la causa libertaria.

Precisamente gracias a un caudillo local llamado José Antonio “el Amo” Torres, pudo Hidalgo recobrar su fuerza militar y su influencia política. El Amo recibió del cura la encomienda de extender la sublevación hacia el occidente, y lo hizo con tal éxito que se apoderó de la Nueva Galicia, incluyendo su capital Guadalajara.

Enterado Hidalgo de tan afortunado suceso, dejó Valladolid, desoyendo el llamado de Ignacio Allende que desde Guanajuato le pedía refuerzos para combatir al general Calleja, refuerzos que no le mandó. Y se fue al poniente. El recibimiento en Guadalajara fue apoteótico las autoridades civiles y eclesiásticas le rindieron honores de “generalísimo”, el ejército insurgente allí reunido se puso a su disposición y como ave fénix, resurgió Hidalgo de sus cenizas

Con el apoyo incondicional del Amo Torres y  cañones traídos de San Blas, Nayarit hasta Guadalajara, Miguel Hidalgo nombró un gobierno encabezado por el mismo y algunos ministros, entre ellos Ignacio López Rayón y un Ministro Plenipotenciario ante los Estados Unidos. Abolió la esclavitud, ordenó devolver las tierras a los indígenas, tierras que estaban en posesión de criollos y españoles. Estas disposiciones le acarrearon enemistades con la poderosa clase criolla, Peor aún los ataques contra Hidalgo se vieron favorecidos por sus abusos. Sin más razones que el odio, la sospecha y la condescendencia con la plebe, el cura aprobó el asesinato de decenas de prisioneros españoles, primero en Valladolid y más tarde en Guadalajara, siendo un incondicional suyo, el torero Marroquín, el encargado de esta inhumana tarea, al amparo de la noche y en las barrancas próximas a Guadalajara se fueron sumando cientos de cadáveres..

 El doce de diciembre de mil ochocientos diez, Allende y los militares que le seguían se reencuentran con Hidalgo en Guadalajara. Reprochan al generalísimo por no haberlos apoyado en Guanajuato, traen tras de sí la derrota y, lo peor, las tropas realistas de Félix María Calleja.

Las divergencias entre los dos principales caudillos no pueden ser superadas, menos aún por el protocolo y lujo que ahora rodea al clérigo; sin embargo, lo importante es ahora la cercanía del ejército virreinal. Los preparativos para el enfrentamiento ocupan a todos .Hidalgo toma el mando y sale con todos sus efectivos para atacar a Calleja confiando en la superioridad numérica de hombres y piezas de artillería.

El diecisiete de enero de mil ochocientos once  se libra aquella batalla en el Puente de Calderón. Hidalgo y los suyos detienen dos veces la embestida dirigida por Manuel Flon, Pero el estallido de un depósito de municiones y las escenas atroces de mutilados y quemados provocan el desorden y la huida del mayor contingente rebelde que se viera reunido a lo largo de la Guerra de Independencia.

Una vez más la impericia militar de los estrategas libertarios les provoca una dolorosa y contundente derrota que los obliga a batirse en retirada del occidente y centro del país para buscar refugio en el norte, con el propósito de refugiarse lejos e intentar llegar a los Estados Unidos, único país independiente en América.


Tras la flagrante derrota en el Puente de Calderón, dispersos los líderes en su huida al norte, pero convenidos para reencontrarse en lugares seguros, fueron avanzando por San Luis Potosí, para encontrarse Hidalgo y Allende en Hacienda El Pabellón en el hoy Estado de Aguascalientes. Fue ahí que con la anuencia de los jefes insurgentes que allí coincidieron se destituyó a Hidalgo del mando culpándolo de los fracasos y derrotas en la guerra. Se nombró en su lugar a Ignacio Allende .Se recontaron caudales que continuaron bajo la custodia de Mariano Hidalgo, tesorero y hermano de don Miguel. Siguieron hacia Zacatecas los carruajes y las tropas, unos mil quinientos hombres aproximadamente. Enfilaron camino a Coahuila para abastecerse de agua en las norias de Baján, junto al pueblo de Acatita, ubicado en pleno desierto y habitado eventualmente por unas cuantas personas.

Cambiaron los tiempos para los insurgentes y las amistades los fueron olvidando. Se reacomodaron muchos buscando el perdón de los españoles, otros que desertaron para unirse a las fuerzas rebeldes, volvieron al redil .Tal fue el caso del capitán Ignacio Elizondo en Coahuila, que siendo militante insurgente y para quedar bien con el virrey, urdió un plan para apresar a los caudillos rebeldes a su paso por Acatita, lugar al que llegarán confiados pues sabían que ya era una provincia liberada de la corona española. Y allá fue al desierto el veintiuno de marzo de mil ochocientos once  con su alforja llena de traición, su mejor sonrisa y trescientos cuarenta y dos soldados veteranos  y bien montados.

Los insurgentes no formaban columna, viajaban dispersos y alejados unos de los otros, condición que aprovechó Elizondo  con sus hombres que en grupos de cuarenta o cincuenta , aparentaban saludar y escoltar algún carruaje, cuando en realidad lo aislaban y con rapidez los desarmaban y amarraban de inmediato, quedando los presos a la retaguardia. De esa manera apresaron primero a Mariano Jiménez.

En ese orden siguieron llegando hasta catorce coches, con todos los generales y eclesiásticos que los acompañaban, fueron aprehendidos sin resistencia; excepto Allende que tiró un balazo a Elizondo llamándole traidor, y éste, escapando el cuerpo de las balas, mandó hacer fuego sobre el coche, quedando muerto el hijo de Allende que era teniente general. Allende ya amarrado lo llevaron  a la retaguardia.

El último carruaje era donde viajaba el cura Hidalgo, a quien se le pidió su rendición, sin protesta alguna se rindió, fue asegurado. De esa manera poco después de las nueve de la mañana del veintiuno de marzo de mil ochocientos once toda la elite iniciadora de la Independencia de México eran prisioneros del gobierno Virreinal de la Nueva España.

Los líderes aprehendidos en Acatita de Baján fueron llevados rumbo a Chihuahua, incluyendo a Hidalgo, bajo estrictas medidas de seguridad.  En El Álamo fueron separados los religiosos para llevarlos a Durango  donde se les condenó al paredón o la cárcel.

Con tales medidas, la llegada a Chihuahua  de Hidalgo, Allende y sus más cercanos colaboradores se hicieron sin mayor novedad, dándose inicio de inmediato a los juicios. Cumplidos los juicios las ejecuciones se fueron dando sin tardanza. Del diez de mayo al seis de junio de mil ochocientos once fusilaron a los cabecillas de menor rango. El día veintiséis de junio fueron pasados por las armas  el generalísimo Ignacio Allende; capitán general Mariano Jiménez; teniente general Juan Aldama, los tres fueron decapitados y sus cabezas enviadas posteriormente a Guanajuato. Al día siguiente fusilaron al gobernador de Monterrey Manuel Santa María. Al ministro José María Chico; al brigadier Onofre Portugal; al intendente del ejército José Solís, y al director de ingenieros Vicente Valencia.

Miguel Hidalgo por ser sacerdote se le hicieron dos juicios: uno religioso y otro penal.
 Como consecuencia del juicio religioso, Hidalgo fue degradado en una ceremonia dirigida por el canónigo doctoral Francisco Fernández Valentín, comisionado por el obispo de Durango para tal función. La degradación se efectuó el veintinueve de julio de mil ochocientos once en el Hospital Real de Chihuahua.        
           
Estas muertes, una a una, se convirtieron en devastador castigo moral para el cura de Dolores; tanto como el abandono de Mariano Abasolo, quien, para salvar la vida, no dudo en colaborar con las autoridades virreinales.

Chihuahua, siete de la mañana, treinta de julio de mil ochocientos once .Doce soldados armados, bajo las órdenes de Pedro Armendáriz , comandante del pelotón llegan hasta la reja del calabozo donde el cura Hidalgo reza de pie en una esquina, entran dos  y con mucho respeto y voz temblorosa uno de ellos le dice:
--Padre Hidalgo, venimos por usted, vamos.
--Dios los bendiga --les dice a todos y haciendo la señal de la cruz los persigna a todos. --Vamos hijos.
Al llegar a la puerta, vuelve la cara hacia el interior y da un vistazo a su banco y una mesita de madera donde quedan unos pedazos de papel y un cacho de lápiz. Flanqueado por los soldados cruzan el patio del hospital, para llegar al rincón donde está el banquillo sucio y manchado de sangre seca, el traslado se hizo calladamente, sólo el sonido de los estoperoles de las botas militares rompía el silencio circundante. Algunos testigos y sacerdotes estaban presentes. Hidalgo llevaba un librito de oraciones en la mano derecha y un crucifijo en la izquierda, se sentó en el banquillo, sin decir palabra dio el librito a un sacerdote. Fue atado al banquillo, se le colocó una venda en los ojos, tomó el crucifijo con las dos manos. Antes dijo:
 --Yo soy un luchador por las causas justas, No soy un traidor, no me disparen por la espalda.
La tropa estaba de tres en fondo, cuatro soldados en cada fila, de acuerdo a lo previsto se dio la orden de disparar a la primera fila que  distaba  dos pasos, tres de las balas le dieron en el
vientre y la otra en un brazo que le quebró; el dolor lo hizo torcer el cuerpo, por lo que se zafó la venda, clavando aquellos hermosos ojos en la tropa, algunos soldados se estremecieron. Otra orden de disparo a la segunda fila, las cuatro balas le dieron también en el vientre, aunque la orden era disparar al corazón, por sus ojos abiertos rodaron gruesas lágrimas, solamente le destrozaron vientre y espalda, los soldados temblaban ante aquel hombre que no  se doblegaba. Fue entonces que el comandante Armendáriz ordenó a dos soldados de la tercera fila para que pasaran a darle tiros de gracia en el corazón, el primer balazo fue a quemarropa, aun así continuaba el cura con estertores por lo que el siguiente soldado casi sin verlo le disparó al corazón un tiro más; siendo así como terminaron con la vida del cura de Dolores.

Enseguida  sentaron y ataron el cuerpo sobre una silla que llevaron hasta la puerta principal, pusieron la silla sobre una mesa para exhibirlo ante decenas de hombres y mujeres que lloraban sin contenerse en la calle fuera del hospital. Minutos después lo llevaron dentro nuevamente. De la parte de atrás del hospital, machete en mano  llegó un fortachón indio tarahumara apellidado Salcedo, quien puso  de bruces el cadáver y de un solo tajo cortó la cabeza al cuerpo, rodando ésta por el piso, la recogió de inmediato, la metió a una vasija  que entregó a un soldado, por esta tarea le pagaron veinte pesos plata que recibió en sus ensangrentadas manos, Le regalaron también  el machete.

La cabeza de Miguel Hidalgo fue conservada en vinagre y sal, para enviarla al poco tiempo a Guanajuato, junto con las cabezas de Ignacio Allende, Mariano Jiménez y Juan Aldama. Allá llegaron en octubre de mil ochocientos once, fueron colgadas en sendas jaulas de hierro, una en cada esquina de la Alhóndiga de Granaditas, donde permanecieron casi diez años  hasta marzo de mil ochocientos veintiuno, seis meses antes de la consumación de la independencia de México. Actualmente esos restos están depositados en la Columna de la Independencia en la ciudad de México.

F I N
Donaciano Barradas Ortega.
San Juan Evangelista, Veracruz. México. A 23 de Mayo de 2016.





BIBLIOGRAFÍA

·         BAZ, Gustavo. Miguel Hidalgo y Costilla. Ensayo histórico-biográfico. Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Guanajuato, 2003.
·         HUELLAS DE DON MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA.  MUSEO DE HISTORIA EN EL CASTILLO DE CHAPULTEPEC SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2009
·         DÍAZ DE LEÓN, Jesús. La prisión de Hidalgo. Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Guanajuato, 2003. 
·               ENCICLOPEDIA DE MÉXICO. SEP. México, 1987.
  • GARCÍA, Pedro. Con el cura Hidalgo en la Guerra de Independencia. SEP 80. México, 1982.
  • HISTORIA DE MÉXICO, T 8. Salvat Mexicana de Ediciones. México, 1979.
  • LÓPEZ Robles, Fortino. El padre Hidalgo y las rutas primeras de la insurgencia. Edición particular. Guanajuato, 1973.
  • MARMOLEJO, Lucio. Efemérides Guanajuatenses, T. III. Universidad de Guanajuato. Guanajuato, 1973.
  • RIVERA, Agustín. Anales de la vida del Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla. Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Guanajuato, 2003.
  • VILLALPANDO, José Manuel. Miguel Hidalgo. Planeta De Agostini. México, 2002.
  • WIKIPEDIA 2016.

sábado, 4 de octubre de 2014

Pánfilo el chaneque.




 


Pánfilo el chaneque.
Pánfilo era un  chaneque desconocido en el pueblo, nadie recordaba haberlo visto alguna vez, bueno, ni siquiera don Abundio que era el viejo más viejo de la comunidad, y que digo de la comunidad, ¡De toda la comarca!  Como él mismo decía. La única persona de los alrededores que, con cierta sonrisa picarona decía conocerlo era doña Mere, la abuelita  que vive allá por la orilla del río, cuenta que cuando ella tenía como  cinco años, ¡Uuuuuuuu! Ahora tiene como noventa, pero no le pregunten la edad porque se ofende pues dice que a las señoritas no se les cuentan los años. El caso es , dice la anciana, que en ese entonces ella conoció a ese chaneque regordete vestido con pantalón corto azul claro de tirantes de la misma tela,  y camisa anaranjada con mangas largas bombachas, sombrero gris con barboquejo y zapatos del mismo color que parecía le quedaban grandes. Lo acompañaban otros chaneques con vestimentas parecidas y todas de vivos colores. Entre ellos iba Tancredo, un chaneque con cara de enojón, Zoraida que era una chanequita de cara muy linda y Gomoso, un chaneque pequeñín, travieso y juguetón.
Pánfilo y sus amigos llegaban por el río y se trepaban por el lado del barranco al palo de limón dulce que está mero atrás del  patio, sigue contando la anciana bien acomodada en una poltrona ,mientras saborea un agua de tamarindo,-Y verán , sigue diciendo : los cuatro  personajes jugaban entre los árboles, comían frutillas silvestres ,guayabas o nanches y Gomoso  se comió en una ocasión un puño de chilpayas y se enchiló tanto que se bajó corriendo al río a tomar agua mientras los demás se reían con ganas.
Pánfilo se montaba en una rama un rato y luego saltaba  a las ramas de aguacate o al árbol de mango, se perdía por allá arriba y de momento aparece en el palo de guanábana, cierta vez andaba tan alocado jugando , que al pasar bajo el árbol mi mamá  Emilia, que andaba tendiendo ropa, Pánfilo atropelló una guanábana madura, la tiró y casi le cae a mamá en la cabeza, se le despachurró en el hombro embarrándole de fresca y dulce pulpa toda la blusa y mis hermanitos y yo corrimos a comernos la pulpa que se le resbalaba por la camisa a mamá ; le achacamos el incidente a un airecillo que en ese momento mecía las ramas de los árboles , pero fue Pánfilo el culpable de aquella atrocidad, cuenta riéndose la viejita Mere. Nadie puede ver a los chaneques, nos comenta la anciana, solamente los  niños o niñas inocentes o gentes como  yo que  no nos casamos  y vivimos en gracia de Dios.
 De todos modos , asegura la viejita con una sonrisa burlona , el tal Pánfilo , asustado por su travesura se fue a esconder entre los racimos de cocos en  lo más alto de una palmera donde creyó estar a salvo hasta que sin querer sacudió con fuerza un panal de avispas campaneras que lo picotearon a mas no poder , haciendo que el pobre chaneque  casi volara de rama en rama hasta el limón dulce desde donde se aventó al río para ponerse a salvo y por otro lado el Tancredo y Zoraida se escondieron bajo la tapa de madera del pozo para que no los picaran las avispas y Gomoso logró zambullirse a la tina de agua jabonosa de donde nomás sacaba burbujas, termina contando y riéndose la abuelita.
Mientras jugaba con sus cuatro hermanitos y dos hermanitas , Pánfilo la observaba desde arriba de los árboles , algunas veces enjorquetado en la rama de un ciruelo  saboreando el jugo de las ricas frutas , otras veces desde el palo de mandarinas donde desgajaba las naranjas y con fruición chupa los gajos, a veces cortaba  aromáticas  florecillas de azahar ,dejándole un ramito al alcance de sus manos ,por esos detalles cree (nos presume la viejita) que el chaneque estaba enamorado de ella, pues  le guiñaba el ojo de vez en cuando y lo curioso que nadie más de sus hermanos  lo veía. El que no dejaba de ladrar y perseguirlo por debajo de la arboleda  era mi perrito Chirimoyo, un lindo perro amarillo con una mancha café que le cubría la mitad de la cara con todo y oreja.
 Los chaneques, como sabemos en toda la cuenca del Río Papaloapan, acostumbran corretear y jugar en los patios  poblados de árboles frutales, como quien dice por todas partes, pues  en esta bendita zona lo que abundan son frutas y árboles que las producen. No le hacen daño a nadie, ni asustan a los niños cuando se dejan ver, por el contrario los cuidan de alimañas o de otros seres malignos. Cuando acuestan a un bebé a dormir en una hamaca bajo la sombra de los árboles, ellos,  los chaneques los adormecen con sus dulces y silenciosas  voces para que duerman plácidamente y sin sobresaltos.
 Deben saber que los chaneques son seres de unos ochenta  centímetros de estatura, trepadores ágiles lo mismo a los árboles o a las montaña, son nadadores incansables, las viejas leyendas aseguran que ellos habitan en lo más intrincado de la Sierra de Los Tuxtlas, en las faldas  del Volcán de San Martín, en el Cerro del Brujo, vagan y retozan por las islas y manantiales de la laguna de Catemaco. Aguas arriba se van desparramando por  los pueblos de los ríos Papaloapan, Tesechoacán, del San Juan y ríos Tonto y Valle Nacional.
-No olviden nunca que  estos seres son nuestros amigos, nos sigue diciendo la dulce anciana Mere, ellos no mueren, ni siquiera envejecen. Los pequeños como Gomoso o la niña Zoraida serán vistos siempre igual, ojala que Tancredo  alguna vez quite su cara de enojón y Pánfilo llegue a ser un distinguido caballero, pero sí esto sucediera, si los cientos o miles de chaneques que pueblan valles, ríos y montañas, que nos regocijan de día o de noche en nuestros pueblos y casas dejaran de ser como son, entonces nuestra tradición y leyendas ya no serían igual y ellos, como nosotros serían unos simples mortales.- Y así , hablando quedito , recordando , mostrando su apacible faz la adorable viejecita se fue quedando dormida .
F I N.
Donaciano Barradas Ortega.

San Juan Evangelista, Ver. México.  A 16 de Julio de 2014.

El señor obispo.





El señor obispo.
Son las diez de la noche, Benito el sacristán de la parroquia revisa que puertas y ventanas  de la iglesia estén bien cerradas, hay barruntos de tempestad, relámpagos por todas partes, los truenos se escuchan frecuentes y cercanos, el viento sopla del Norte con rachas fuertes y olor a tierra mojada, lo que hace presumir que está lloviendo cerca de Chilapa del Carmen.
Por su parte el padre Felipe, párroco de la iglesia,  recorre a toda prisa la casona del curato, pasa por la capilla anexa para asegurarse que todo esté cerrado .Apresura  al sacristán diciéndole: -A tu casa Benito, corre muchacho o te encierra aquí la tormenta . El  joven no solo corre, casi vuela por los pasillos con la ligereza y brío de sus veinticuatro años, llega  a la puerta de la calle con unas cuantas zancadas y grita ¡Hasta mañana padre, hasta mañana doña Rosaura! y se va corriendo por media calle.
Rosaura, guapa y refinada señora de cuarenta y dos años, según el  número que adornaba su pastel de cumpleaños festejado apenas un par de semanas antes en el patio trasero de la iglesia es compañera del padre Felipe, una especie de ama de llaves que llegó con él a la parroquia hace poco más de un año. Se encarga de que el templo y la casa luzcan impecables en todos sus aspectos, administra  con rigor los dineros que se recaudan ya por limosnas, ya por dádivas de personajes de la comunidad o por servicios religiosos especiales.
Se dice que Rosaura es parienta del sacerdote y nadie por respeto se atreve a preguntar  sobre la consanguinidad de ambos. El padre Felipe de la Cruz es un  hombre bien parecido, como se dice por estos rumbos, alto, fornido, ojos verdes, tez blanca, dijo tener treinta y ocho años en una plática con  las Damas de la Caridad, grupo de señoras que le auxilian a organizar los festejos  a la Virgen del Carmen, patrona de la parroquia.
Por cierto, entre ellas comentaron al salir de la reunión con el sacerdote:
--Pues mira Pastorcita. Dice doña Eduviges a su vieja amiga y confidente, que Dios me perdone, pero este curita está chulo y con esa vocesota que tiene una no le puede decir que no a nada de lo que nos pide para hacer la fiesta.
--Tienes razón Eduviges, dice Pastora; y bueno, hay que cooperar con los gastos, conseguir lo necesario para que la celebración de este año sea la mejor de todas. Y acá entre nos Edu -¿Cómo ves a la tal Rosaura, dizque parienta del cura? Tiene un cuerpazo la mujer, pero por más que le busco el parecido con el padre, no se lo hallo.
--Yo le he preguntado a mi ahijado Benito el sacristán, dice Eduviges,  y me  platicó que ha escuchado que la Rosaura es de San Pablo Coapa, ahí empezó a trabajar con el cura en aquella parroquia hace cuatro años. La mujercita desde entonces lo ayuda en todo, ahí en San Pablo estuvo el padre Felipe como párroco  cuando regresó de Roma, allá lo mandó a estudiar tres años el arzobispado para  prepararlo como obispo. Siguió diciendo Eduviges: ¡Imagínate Pastorcita! A lo mejor estamos tratando con  nuestro futuro obispo.

Tres semanas después, el padre Felipe y su sacristán viajan por un camino de terracería rumbo al pueblo de San Baltazar, enclavado en las faldas de una serranía poco accesible para cumplir con un servicio religioso. Son las ocho de la mañana cuando llegan hasta el poblado donde termina la rodada, zarandeando un poco al joven el sacerdote lo despierta diciéndole:
--Ya estamos en Arroyo Candelaria, hasta aquí en la camioneta Benito, la dejamos frente a la tienda de don Genaro, ahí quedará segura, dice el  padre. El sacristán  despierta amodorrado, mira en derredor y, pregunta asustado: ¿Por qué aquí en esta ranchería los chamacos tan grandes andan por la calle encuerados?
--Son usos y costumbres de estos lugares de Campeche hijo, contesta el cura, ellos no tienen malicia, para todos es natural verse así .Cuando van a la escuela, salen a los pueblos o hace frío  se visten con los  trapos que tienen, que no han de ser muchos supongo.
Saludan al dueño de la tienda quien llama a su familia, piden la bendición al sacerdote, se hincan para recibirla. El mozo encargado de llevarlos a San Baltazar saluda al cura , arrima las bestias, montan los tres  y emprenden la marcha rumbo al arroyo, chasquean las bestias con sus patas el lodazal, el aroma de la vegetación todavía mojada por la lluvia del amanecer invade los pulmones de hombres y animales. Pasan bajo un gigantesco nacaxtle cuyas raíces brotan evitando que resbalen  los jamelgos y  bajan al agua mansa del riachuelo, donde en ese momento una veintena de jóvenes, señoras, niñas o varones juegan en el agua, se bañan o lavan ropa, desnudos sus cuerpos de vestiduras y sus mentes de prejuicios, solo  disfrutan de la naturaleza sin inmutarse por el paso  de los viajeros.
Doña Lencha vecina de Arroyo Candelaria reconoce al cura, jala un trapo, se lo echa encima y llama a gritos a sus hijas corren  a saludarlo y pedir su bendición, el sacerdote bendice por igual a los demás bañistas quienes reciben encueros la bendición a mitad del arroyuelo.
--Perdone padre por encontrarme en estas fachas, pero esta es mi hija Jovita, tiene catorce años y como necesito que trabaje, que mejor que los ayude a usted y a doña Rosaura aunque sea  haciendo la limpieza del curato, así como me dijo la señora el otro día allá en el pueblo. Ya hablé con Pancho mi marido y dice que si es con ustedes no hay problema de que se vaya la chamaca.
--Bueno, bueno Lencha, dijo el padre, no es el mejor lugar para esta plática, pero si ya lo decidieron tú y Pancho, alista a Jovita y cuando regrese de San Baltazar platico con tu marido, si no hay inconveniente hoy mismo se va con nosotros la jovencita. Ahora, te pregunto a ti hijita: ¿Quieres irte al pueblo para ayudarnos en la iglesia?
--Pues yo si quiero ir padre, contestó Jovita, que parada en mitad del arroyo, con  el agua arriba de las rodillas mueve las bien torneadas piernas evitando que los pececillos la mordisqueen, medianamente se cubre los senos con su larga cabellera, dejando  descubierta sin morbo su escasa vellosidad púbica, mirando directo a los ojos al cura y sin rubores le sigue diciendo, mi papá ya me dio permiso, lo espero al regreso para irme con usted padre. Yo nunca me he subido a una camioneta, dice la chiquilla  riendo nerviosamente.
Cruzó Felipe el arroyo, mientras sus acompañantes lo esperaban del otro lado  bajo la sombra de un samán, atravesaron un cafetal y se internaron por un camino de brecha que los llevaría a su destino en medio de un alto y soporífero acahual que los hacía sudar a chorros y así por dos horas más hasta llegar a San Baltazar  donde los recibieron con banderitas de papel de china, serpentinas, música y cohetería que atronaba el espacio.

--Ya tienes un mes con nosotros Jovita, dijo Rosaura a la jovencita, vamos al mercado para que aprendas donde comprar, para que te conozcan los puesteros y sepan que son para el señor cura las cosas que vas a traer. Ven, te arreglo el  cabello para que te veas más linda., le indicó cariñosamente a la chiquilla.
Fueron canasta en mano haciendo compras, Rosaura siempre amable, sin proponérselo es el centro de las miradas lascivas de hombres y mujeres que envidian su garboso caminar  que provoca que sus prominentes caderas se muevan con tal sensualidad que los caballeros que la miran la adivinan  desnuda y nadie logra entender como una mujer tan voluptuosa pueda pasar desapercibida ante los ojos del cura en la intimidad de un curato, por más votos de abstinencia sexual que haya ofrecido al ordenarse sacerdote. Saluda  a la gente, hace  saber a los vendedores que Jovita irá algunas veces al mandado. Pero a ningún tendero les importa lo que les diga, su vista está fija en las redondeces de sus senos y de los pezones que parecen estallar bajo la fina  blusa que con esfuerzo los contiene .En esto andaban cuando se encontraron a Pastora y Eduviges, quienes la saludaron con más curiosidad que afecto y de inmediato Pastora preguntó con cierto tonillo de sarcasmo:
--¿Quién es esta hermosa muchachita que la acompaña señora? ¿También es de la familia? Mientras para sus adentros rumiaba, “sabrá Dios de que cerro bajaron a esta chamaca, pero no está fea”.
--Nos ayudará en la iglesia, contestó Rosaura, el padre Felipe la trajo, es hija de unos amigos suyos muy queridos.
--¡Qué gusto señora Rosaura, comentó Eduviges , ya no estará tan sola usted en ese caserón de la iglesia. Hasta luego, adiós hermosa, dijo mirando a la chica de arriba abajo. Luego se alejaron, se acercó al oído de Pastora y con voz baja le dijo: ninguna de las dos trae sostén, ¿Te fijaste amiga? ya mí ahijado Benito me dijo que la tal Rosaura nunca usa, como ella es de tierra fría aquí siente mucho calor. ¡Vieja cochina!
Nueve y media de la mañana ,es domingo, acaloradas vuelven del mercado Rosaura y Jovita, de pasada vieron que el padre Felipe está reunido en la capilla con un grupo de personas, entre ellas el presidente municipal, seguramente afinando detalles para las fiestas patronales que serán el  dieciseis de Julio y solo falta un mes.
Rosaura y Jovita dejan sobre la mesa de la cocina las compras y las dos van de prisa a bañarse para estar listas a la misa de once. Benito pasa frente a ellas con objetos propios de la celebración para llevarlos al altar, da los buenos días; de reojo les observa la ropa untada al cuerpo por la sudoración, se hace el desentendido y a grandes pasos sigue su camino. Jovita sin más trámites jala una toalla de su minúsculo dormitorio, y se mete al baño ubicado entre la cocina  y los lavaderos y desde allá, divertida grita:
--Ya le gané el baño Rosaura y sin más tira la poca ropa que  trae puesta hacia el pasillo para meterse de inmediato bajo la ducha sin cerrar siquiera la puerta.
Rosaura por su parte entra a su recámara y sale enfundada en una bata casi transparente que no deja mucho a la imaginación, ella comparte con el padre un amplio baño ubicado entre las dos recámaras que ocupan separadamente. Abre la puerta del cuarto de la  regadera y por la ventana que da al patio se cuela un torrente de luz que deja  translucir  una silueta sensual, casi impúdica de Rosaura, quien coquetamente antes de cerrar la puerta, hace un guiño a Benito que pasa  en ese momento por el pasillo rumbo a los lavaderos en busca de utensilios de limpieza, excitado en su mente y en su virilidad  por la lujuriosa estampa de la señora mira hacia todos lados para cerciorarse de que nadie lo ha visto ,cuando de pronto se abre de golpe la puerta del cuartito donde recién se duchó Jovita ,chocan ambos jóvenes, ruedan por el piso, la una desnuda , el otro a punto de estallar sus genitales. Jovita riendo a carcajadas se levanta de un salto, toma su toalla y se va corriendo a su cuarto.
--¡Benito, Benito, por favor tráeme agua! Llama en voz alta Rosaura al sacristán, y le dice entreabriendo la puerta: se acabó el agua de la regadera, estoy enjabonada hijo, por favor trae agua en un cubo.
--Ahí se la llevo señora, contesta el muchacho con un palpitar en las sienes a punto de estallarle. Va nuevamente a los lavaderos, regresa hasta el cuarto donde se baña Rosaura, ésta le abre la puerta y le dice – Pasa rápido Benito. Y lo jala tras de sí. La luminosidad del sol a través de los cristales de la ventana forma iridiscencias en la fragante  jabonadura que se desprenden en cientos de pequeñas burbujas del voluptuoso cuerpo de Rosaura.


--Pues bien señores, distinguidas damas y autoridades municipales, expresa el padre Felipe a los asistentes  a la capilla: hemos llegado al final de esta reunión con los acuerdos para celebrar dignamente a nuestra patrona la Virgen del Carmen, los invito ahora a que pasemos a la iglesia para  escuchar misa, en cinco minutos serán las once de la mañana,  Benito dará el último repique e iniciaremos la celebración.

Han transcurrido siete años y Chilapa del Carmen, Campeche está de fiesta, hoy dieciséis de Julio llega el nuevo obispo, habrá confirmaciones. De los pueblos y rancherías  circunvecinos van llegando gente y peregrinos vestidos de fiesta, familias enteras con hijos para bautizar o confirmar en su culto religioso. Hay música, cánticos, algarabía por todas partes. Los fieles apretujados dentro de la iglesia forman una valla central por donde viene Felipe de la Cruz, antiguo párroco de esta iglesia y ahora obispo, viene sonriente e impartiendo bendiciones a toda la congregación. Muchos fieles por él conocidos lo saludan afables, otras personas con caras contritas entre ellas Eduviges, Pastora y algunas más esquivan la directa mirada del obispo Felipe.   Enseguida empieza a confirmar a niños y niñas hijitos de matrimonios casi todos conocidos por él. En esa valla reconoce a Jovita quien tiene frente a sí a un sonriente niño de unos seis años de edad, de tez blanca, cabello castaño y ojos verdes a quien el prelado  se acerca a darle la confirmación y pregunta a la joven señora -¿Es tú hijito? y ella contesta en voz baja esbozando una sonrisa ¡Y suyo también padre! ; Un  tanto turbado vuelve a preguntar -¿Cómo se llama este jovencito?, se llama Felipe señor obispo responde  la chica .Se inclina el sacerdote,  acaricia la cabeza del niño y le da un beso en la frente, da su bendición a Jovita y continúa con el ritual, asistido muy de cerca por la hermana Rosaura de la Consolación, una monja de la orden de las  Carmelitas Descalzas, quien con mucha ternura sonríe a Jovita y a Felipito al pasar frente a ellos.

F I N.
Donaciano Barradas Ortega.

San Juan Evangelista, Ver. México. A 13 de Agosto de 2014.

martes, 5 de agosto de 2014

Grillo, yo te extrañaré.


 

 

Grillo, yo te extrañaré.

Me llamo Alberto, como he sido flaco desde chiquillo y me gusta saltar, todos me dicen ¨El grillo”, con facilidad me trepo a los árboles, en mi cuarto subo a la cama, brinco  hasta las vigas  del techo que está alto y a pura fuerza de los brazos me paso de un lado a otro y caigo sobre la mesa de trabajo. Tengo catorce años, en un mes termino la secundaria, a mediados de Julio me entregan mi certificado, luego a ver si entro al Tele bachillerato para hacer la prepa. Mi papá no quiere que estudie más, señala que hay que trabajar, que el estudio es pa´los ricos. Él es chofer de una camioneta, acarrea alimento para ganado, dice que su patrón me dará chamba para cuidar las vacas y…

En ese momento un grito de su abuela Catalina saca a Alberto de sus pensamientos:

--¡Grillo, Grillo hijo!- Ven a ayudarme para ir a comer, ya es tarde, tengo hambre y nadie viene por mí.

--Ya voy abuela, aquí estoy en el patio, vamos a la otra casa para que comas. Toma el bastón, te sostengo del brazo y vamos a comer abuelita chula.

La casa de doña Cata y la de su nieto Grillo están cercanas, por la ceguera que padece desde hace años  la anciana no se desplaza sola, el jovencito es quien la lleva y trae de una casa a otra, en contadas ocasiones la acompaña su nuera Emilia o su hijo Hugo, padres del Grillo. La anciana saluda a la nuera y pregunta:

--¿Ya vino a comer Hugo?- Emilia le dice que no y Grillo comenta con burla: mi papá a estas horas de la tarde anda borracho paseando a sus putas en la camioneta.

--¡Ay Alberto, no hables así de tu papá!, dice Emilia y agrega, se echa sus copas, pero a tu hermanita Joaquina  ni a ti  les falta nada, él todo les compra, pobremente tenemos lo necesario en casa.

--Pues sí, nada nos falta, golpes y cinturonazos nos sobran. Si  no estuvieras ciega abuelita, verías a mi mamá que trae los ojos morados y anda media coja  de la golpiza que mi papá le dio ayer que llegó briago, mi hermana y yo  nos escondimos en tu casa.

--Yo no creo que Hugo haga esas barbaridades - dice  doña Catalina, y tu Albertito ve a confesarte para que el señor cura te ponga penitencia y te aconseje. ¡Que Dios te perdone por hablar  mal de tu papá!

--¡Abuelita! dices que exagero, como estás ciega ni cuenta te das de las palizas que mi papá nos da casi a diario. Todo el barrio se entera.

 

Mientras tanto, en la cantina Hugo  platica con su amigo Odilón. -Ya me dijo el patrón que le va a dar trabajo a mi chamaco en el establo ora que salga de la secundaria, se ha puesto muy cabroncito y la verdad ya no lo aguanto. Ahí va a aprender a trabajar y de pasada se gane unos pesos extras que buena falta me hacen.

--¿Entos el  Grillo no va a estudiar la prepa compa Hugo?  No, dice el  aludido, que estudiar ni qué carajo. Tu y yo no estudiamos y no nos la pasamos tan mal, el patrón nos tiene confianza y ahí va saliendo pa´l chupe .Y le grita a la mesera: ¡Hey Juanita! Tráete dos cervezas bien frías  y una buena  botana.

 

Es media tarde, pocos feligreses  se encuentran en la iglesia, el humo de dos cirios invade con su fuerte olor a parafina  la parte frontal del templo y un ramo de rosas frescas frente a la Virgen de Guadalupe, despiden un grato aroma. Por un pasillo lateral Grillo camina despacio, ve al sacerdote en el confesionario, se hinca frente a él y,

--Ave María purísima-dice el cura. Sin pecado concebido, responde el Grillo, ambos se persignan y el sacerdote indica al muchacho, te oigo hijo: y Alberto empieza a decirle…

--Dios te oyó hijo mío, te aconsejo que platiques con tus papás, verás que entenderán y todo va a mejorar en tu hogar. Dios te bendiga, recuerda,  el domingo los espero en misa.

 

--Pero papá, yo necesito hablar contigo y con mi mamá, dice el joven-, ¿Qué te cuesta?  Solo un momento, no te vayas por favor. Nada tenemos que hablar, grita Hugo; ya me dijeron que te fuiste a ver al cura, pero yo soy quien los mantiene y el que manda. Al que no le guste que se largue de la casa y no me sigas chingando Grillo porque con la reata nueva esa que ves colgada en el marco de la puerta de tu cuarto te voy a dar una madriza, y tú Emilia aplaca a este pinche chamaco o también te madreo a ti.

Doña Cata, en su perenne oscuridad, con temor le dice a Hugo-Cálmate muchacho, no le grites así al chamaco, ¡me espantas hijo!

--Usted ya me tiene harto con sus chocheces – le contesta Hugo a su madre, siempre defendiendo a este vago. Tú Joaquina, le dice a su hija de once años, lleva a la abuela a su jacal pa´que deje de estar jodiendo aquí con sus achaques.

 

La mañana de este caluroso viernes ha sido tranquila en la secundaria nadie faltó a clases en ratos de descanso jugué futbol con los amigos y compañeros nos dio sed tomamos agua sudamos a chorros mientras hablamos de películas de música de canciones por cierto les dije a los chavos que me gusta mucho la canción Yo te extrañaré luego me fui caminando hasta mi casa que me queda lejos de la escuela  pero tenía ganas de ver a la gente las casas  las calles del pueblo pasé a darle un beso a mi abuela que aunque esta ciega me reconoce por los pasos y por el olor con más razón que ando apestoso a sudor sigo a mi casa me baño no tengo mucha hambre le digo a mi mamá Emilia que voy a estudiar le doy un beso  me meto a mi cuarto a la pasada agarro la reata que me dijo mi papa que está colgada de un clavo en el marco de la puerta en eso llega mi hermanita Joaquina le doy besos  un puño de dulces le regalo una libreta y como siempre le doy un cariñoso jaloncito de sus trenzas  cierro bien para escribir una carta para nadie en especial solo que sepan que mi papá no quiere hablar conmigo mucho menos darme un abrazo  jamás un beso o decirme siquiera una palabra cariñosa y ya no quiero seguir así en la carta digo que deseo ir a los honores a la bandera el lunes en mi escuela después  a la iglesia para cumplirle al cura con su misa que me lleven con banda de guerra y a la entrada al panteón que toquen mi canción mientras la canto en voz baja coloco mi mesa de trabajo en el centro del cuarto y me trepo en ella para amarrar con fuerza la reata a la viga del techo de mi cuarto y así parado sobre la mesa  llena de papeles subo y bajo varias veces el nudo corredizo en la misma reata con la que mi papá amenazó que me iba a dar una madriza y casi de puntillas me meto el lazo al cuello sin saber cuánto tiempo voy a poder respirar o si me va a doler pero creo que más me han dolido los desprecios de mi padre pero no hay arrepentimiento la decisión ya está tomada y pateo con furia la mesa vuelan papeles y la hoja de la carta también mientras todo me da vueltas me falta aire se me nubla la mirada y alcanzo a ver ya muy borroso al Cristo de mi cabecera.

 

F I N.

Donaciano Barradas ortega.

San Juan Evangelista, Ver. México. A 30 de Julio de 2014.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 21 de mayo de 2014

La viuda Slack.



La viuda Slack.
El avión viene descendiendo, el capitán ha dado ya las instrucciones de enderezar los asientos y amarrarse los cinturones de seguridad, las sobrecargos han levantado con rapidez y diligencia todo objeto móvil y van rumbo a  sus asientos para ocuparlos y prepararse  para el aterrizaje después de cinco horas de vuelo desde el aeropuerto ¨J. F. Kennedy¨ en la ciudad de Nueva York y están a punto de aterrizar en el aeropuerto ¨Roberto Fierro¨ de la ciudad de Chihuahua en México.
La señora Margarita Slack observa hacia la derecha una inmensa ciudad que ahora casi le resulta desconocida y da por hecho que es Chihuahua pues en ese momento alcanza a ver el Cerro El Coronel sobre la punta del ala derecha del avión, cerro que ahora se lo tragó la mancha urbana pero ella bien recuerda que múltiples ocasiones  desde la azotea de su casa en la Avenida Independencia 1309 , vio emerger el Sol de atrás de ese cerro emblema de la norteña ciudad que ahora mismo a las diez de la mañana resplandecen nuevos y altos edificios, inexistentes en la memoria de Doña Margarita, que se encandila con el reflejo del astro rey en las grandes cristaleras allá abajo. Se siente la vibración normal y los sonidos propios del tren de aterrizaje realizando los movimientos para el descenso inminente.
La aeronave toca tierra sin sobresaltos y mientras se desliza por la pista de asfalto, por la mente de la Señora Slack  llegan en cascada los recuerdos de hace   veintitrés años, en mil novecientos sesenta y ocho, cuando recién viuda, tuvo que irse a los Estados Unidos con sus menores hijos Robert de once años y Henry de nueve. En aquel tiempo recorrió  la misma pista pero en sentido inverso, llevaba el corazón destrozado por el fallecimiento de su esposo Robert, un ingeniero en metalurgia quien murió accidentalmente por una explosión de dinamita no controlada a la entrada de una gruta cerca de Hidalgo del Parral, donde Mister Robert Slack había adquirido una concesión para explotación de materiales pétreos y búsqueda de vetas argentíferas. Esta tragedia había ocurrido tres meses antes de que ella volara a Nueva York con sus dos hijos en busca del apoyo de la familia de su fallecido esposo y sacar adelante a sus hijos.

Luego de los trámites migratorios y aduanales respectivos en el aeropuerto, la señora Margarita abordó un taxi que cuarenta y cinco minutos después llegaba a la dirección indicada por la viajera: Independencia 1309, casi esquina con la Calle Jiménez. El conductor le avisó mirándola por el retrovisor_ Hemos llegado a su destino, señora- dijo, deteniendo el auto.
-Señora Slack, que  gusto verla nuevamente- dice  esbozando una sonrisa aquel hombre calvo, regordete, vestido con sobriedad y tendiendo la mano a la dama que baja con cierta dificultad del automóvil estacionado en la acera frente al edificio de tres plantas propiedad de la  familia Slack. Más por buscar apoyo que por saludarlo la mujer se toma de la mano del hombre a quien parece reconocer diciéndole - ¿Eres tú Marcos Basurto o me equivoco muchacho?, mira que mi vista ya no es muy buena –Y responde el hombre mientras brinda su apoyo a la señora  para llevarla hacia dentro de la casa -El mismo Marcos , que hace veintitrés años le sacaba comida a escondidas de la nevera para invitar a los otros compañeros de habitación a cenar opíparamente allá arriba en la azotea en las noches de luna .-

Pasan a sentarse a los confortables muebles en la espaciosa sala que luce muy bien iluminada por amplios ventanales que permiten ver un bien cuidado jardín y la luminosidad natural  resalta la armoniosa ubicación de cuadros y pinturas en las paredes, así como el alfombrado y mesas, floreros y estatuillas de buen gusto y calidad. Un elegante candil traído de Nueva York por Mr. Robert Slack, sigue luciendo en el techo de la sala. La señora se levanta de su asiento, observa cuidadosamente el entorno y recuerda cuando recién casada en mil novecientos cincuenta y cinco, procedentes de Paterson, N.J. llegó con su esposo a Chihuahua y compraron esta propiedad. Poco después que adquirieron esta casa, en aquella época de una sola planta con mucha frecuencia su esposo viajaba a Parral por cuestiones del trabajo, ella aceptó rentar una de las tres  recámaras a estudiantes universitarios, les daba de comer, entre ellos a Marcos y con eso se ayudaba a solventar los gastos domésticos; nacieron sus hijos, crecieron las necesidades y la casa también para alojar a los hijos. Los ingresos mejoraron, todo iba mejor cuando ocurrió el desgraciado accidente que le costó la vida a Robert. Slack y … de pronto vuelve a la realidad en medio de la sala en mil novecientos noventa y uno , despeja un poco su mente y dice a Marcos _ Pues bien señor Administrador, lo felicito, esta propiedad ha crecido . Mis hijos y yo le agradecemos por haber cuidado de nuestros intereses todos estos años, pero conforme a lo ya establecido en los convenios previos, usted recibirá la indemnización correspondiente y por supuesto una excelente gratificación. El edificio se vende y el comprador está listo para tomar posesión.-  Marcos es el administrador y encargado de velar el buen uso de la casa familiar. Ocupación que desempeña con eficiencia, atiende su despacho como Contador Público situado en la Avenida Zarco desde que terminó su carrera profesional hace ya dieciocho años. Actualmente el Edificio consta de dos plantas más con cuatro apartamentos que se dan en arrendamiento
Una vez finiquitados todos los asuntos legales Marcos, dice la Señora Slack, tienes que prepararte para hacernos el honor de asistir al enlace matrimonial  de mi hijo Henry que habrá de efectuarse en tres meses, dos días antes de la Navidad precisamente y, por supuesto  acompañado de tu esposa e hijos ¡ Serán nuestros invitados de honor!.
F I N
Donaciano Barradas Ortega.
San Juan Evangelista, Ver. México. A 14 de Mayo de 2014.

Monólogo interior y Corriente de conciencia.


Monólogo interior  y corriente de conciencia.
Monólogo interior.
¡Al fin, al fin, al fin! Mi sueño se ha cumplido y aquí estoy sentado en este gran sillón azul tantas veces deseado, sueños que luego se volvían pesadillas al despertar y encontrarme con la realidad de mi derrota, y al otro día con la burla y el escarnio de mis contrincantes y de los falsos  periodistas difamadores que venden sus notas escritas o electrónicas  al mejor postor ¡Bola de desgraciados ¡  pero ahora no , ahora es cierto, tan real como que me llamo Pascual Romero y soy el Jefe Máximo de este distrito y no porque lo  diga yo, sino porque los votos de la ciudadanía así lo quisieron  y acudieron a depositar sus boletas en las urnas durante el proceso electoral de ayer y bien contadas esas papeletas electorales resulta que : ¡Yo, yo  Pascual fui el ganador!-  el único ganador les guste o no a mis adversarios. ¿Qué hice trampas? -¿Y a quién le importa eso? Por lo menos a mí no me importa, yo me estoy remolineando  aquí en este amplio y acojinado sillón, puedo poner los pies encima del escritorio de este gran despacho azul y oro , puedo acostarme largo a largo en la mullida alfombra y observar las fotografías de mis antecesores en esta jefatura ,que seguramente hicieron peores fraudes que yo para lograr el mando, y ahora cínicamente me sonríen desde esas fotografías colgadas en la pared como si de verdad tuvieran tranquila la conciencia, bueno,  los que siguen vivos, porque los que están muertos se estarán asando en el fuego del averno. Puedo abrir los ventanales  de par en par y gritar desde el balcón central hacia la plaza pública y al mundo que yo Pascual Romero soy la máxima autoridad porque…
Y hablando de conciencia, mi conciencia ya está sepultada. Yo la maté porque quería dominarme. Estas llaves que tengo en mi mano derecha son las del cuchitril que hasta ayer tenía como oficina, y a partir de mañana estarán depositadas en una caja de cristal en la entrada principal de esta casa de gobierno y serán las primeras llaves de millones que en esa urna se irán acumulando para fundirlas después y forjar una estatua, ¡Mi monumental estatua! Que ya la veo luciendo sus bronces en majestuoso pedestal a la entrada de la ciudad para que todo el que pase o nos visite, sepa quién fue el  prócer que dio mayor lustre y renombre a esta metrópoli. Si, porque al término de mi mandato esta asquerosa ciudad, este nido de ratas será una metrópoli admirada por propios y extraños. 


Corriente de conciencia.
Siento las manos tibias de mis hijos que se afianzan con fuerza a las mías mientras caminamos sin prisa en la noche que es todavía temprana y no se ve la Luna pero hay claridad que provienen del cielo que luce estrellado y sin bruma por lo que a cualquier lado que dirijas la mirada se ven titilantes lucecitas y como una  inmensa cubierta nos envuelve la Vía Láctea y nosotros que somos parte de esa inconmensurable cubierta celestial nos sentimos tranquilos y seguros aunque la noche es fresca de las manos de mis hijos brota un calorcillo encantador al tacto y siento que cada vez sus manitas van creciendo y llenando  mis propias manos y se sujetan con fuerza cuando llegamos a las puertas de la escuela de la vida que siempre están  abiertas a la espera de todos los que deseamos asimilar algo nuevo y positivo aunque hay tantas acciones negativas que igual se pueden aprender por quien tenga el deseo y la capacidad de cultivarse en lo que suponga que le puede ser útil para eso es la libertad de elegir el destino de cada quien y transitarlo por una brecha o por una gran avenida pero se está filtrando por mi nariz un olor desconocido y es que  vamos cruzando un cementerio y de reojo veo una lápida con mi nombre brillando bajo las estrellas y esa loza  cubre una tumba abandonada rodeada con flores silvestres que aún en la noche alcanzan a lucir tenues reflejos de rocío de la llovizna divina que alcanzaron atrapar en sus pétalos y que siempre cae en los panteones para purificarlos y esto permite que en el aire se perciba un vaho con olor a rosas recién cortadas y sigo caminando con mi familia sin darle  importancia al hecho ya que la muerte es solo un paso más en la existencia de los seres humanos que no debe distraer la atención del objetivo primordial  porque no me atan mis raíces que siguen alimentando al tronco familiar que va creciendo y engrosando tanto que al extender los brazos a los lados sin proponérmelo toco los hombros de mis  hijos que han crecido sin que yo me hubiera percatado realmente de esa fecundación espontánea que ellos mismos han provocado en su vida al tiempo que descubro que llevan a sus respectivas esposas e  hijos de la mano a la par que elevo mis brazos extiendo también los dedos de las manos y en ellas florecen y se ramifican hijos nietos y hasta una biznieta que parece una hermosa flor de color violeta y entre todos y vista estas ramificaciones recortadas sobre el cielo me doy cuenta que el árbol genealógico crece y las ramas se mantienen fuertes soportando embates de vientos y tempestades produciendo sus propios frutos y flores  de manera  independiente pero asidos todos a un parentesco común que se alimenta de aquellas raíces cada vez más profundas y lejanas pero es así como todos van llegando a nuevos amaneceres donde se oyen trinos y cantos de aves que van haciendo sus nidos y alegrando con sus cantos el oído aunque no han faltado duendes malignos, fantasmas y perros acechando por el camino que ladran  fuerte a veces e intentan morder pero con cuidado los he sorteado sin resultar lastimado pero llega  la hora en que perros y noche salen despavoridos cuando empieza a vislumbrarse los rayos de una resplandeciente luminosidad que nace y ahuyenta  la lobreguez del manto de la noche mientras los perros se llevan prendidos entre sus colmillos jirones de esa negrura  para dar paso a un esperanzador nuevo día y todos los seres que nos amedrentan se desvanecen    junto con la noche atemorizados por la presencia  de los primeros rayos del Sol.
Donaciano Barradas Ortega.

San Juan Evangelista, Ver. México. A 21 de Mayo de 2014.